Nuestro bosque terminó catastrófica e inevitablemente. Dos grandes guerras exigieron y legaron una regimentación que los servicios públicos adoptaron y extendieron, la ciencia prestó su ayuda, y los bosques de nuestra isla, nunca extensos, fueron invadidos, explotados y controlados. No hay hoy bosque o páramos a los que escapar, ni cueva en la que refugiarse, ni valle desierto para los que no quieren ni reformar ni corromper a la sociedad, sino que los dejen solos. La gente escapa hoy, uno puede verlos cualquier noche en las películas. Pero son maleantes, no proscritos, pueden engañar a la civilización porque son parte de ella.
El mundo no terminó. Siguió girando después. Y quietos en la tierra, firmes porque habían decidido ser allí yacientes, estaban los amantes. Decidieron morir en el aplauso de un titán, en la alegría de la ficción hundidos de belleza. Donde hasta las más terribles bestias son parte de sus corazones tensos. El ritmo loco y acelerado de las máquinas siguió marchando sin ellos. En la piel ya no había asfixia nocturna, ni claustrofobia en los muros tintados. Las hormigas en el tambor hicieron el resto. De percusión hasta la aurora se lo comieron todo. No quedó ni el rastro bermejo del riego brotando de los labios, ni la química humilde de las tripas que probara a la arqueología su amor incivilizado y desierto.
Jo. Llevaba tiempo sin leerte y al volver me he encontrado a un hombre...
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