deberíamos en una fiesta morir.
-¿por qué dices eso?
-nos lo merecemos, antonino. esta vida tan llena de luz nos viene grande. ahora estamos aquí mientras florecen colores que las abejas enturbian con su zumbido. 
-no quiero morir, andreas. ¿sabes cuál es tu problema? que cuando cagas ves pollas resbalando como basura en un blanco perfecto. y te da pena que reciba esas visitas. sientes demasiado. quieres saber cuál es el gusto de la mierda, ¿me equivoco? quieres conocer el sabor de todas las cosas. no encontrarás nada.
-las moscas son felices con sus tres días de vida. tal vez es la mierda.
-tal vez. pero tú no eres una mosca. Ni lo serás una mañana al levantarte de la cama. Y puede que mueras ahora mismo.
-las flores, antonino, alguien debió ponerlas ahí.
-si tú supieras. somos un hermoso balcón, y alguien nos puso aquí. con esta cerveza.
-no me lo creo, antonino. no puede ser posible. deberíamos rendirnos. mala hierba, mala hierba. Murámonos. ¿No estamos haciéndolo en realidad? Llevo bebiendo desde... no recuerdo. llevo bebiendo. bebemos demasiado. deberíamos morir en una fiesta en algún aplauso enorme, donde nadie se de cuenta. Recuerdo un día, fue horrible ese día. Mi habitación daba con una pareja de nuevos vecinos. Eran viejos, hombre y mujer que se movían a algo más pequeño para sus corazones. Él, nunca supe su nombre, discutía muchísimo con pilar. una mujer preciosa, qué pelo blanco. conservaba las pestañas de su primer baile. sucedían tardes en las que yo me tumbaba para detener el tiempo y se rompía la pausa con gritos llenos de rabia y amor. Era un amor salvaje, antonino, de esos que no saben cómo expresarse. yo sé que no era un mal hombre. pero era tan malo con su mujer. yo me enamoré de ella enseguida. no la había visto hasta entonces y ya estaba enamorado. porque un corazón así solo existe detrás de las paredes. Pensé que jamás la vería, que no coincidiríamos en el rellano. Y una noche cerré los ojos como siempre hago creyendo en lo mismo. cuando la vi por primera vez fue detrás de un grito. a las ocho de la mañana. creí que estaba soñando con su voz. El chillido era una tormenta de agosto que se acercaba a mi entrada. La angustia de su cuerpo vibraba en mis oídos. qué voz más hermosa, pensé, en un origen de mi alma. es el llanto de las óperas cuando alguien muere. ¡lágrimas, corred tan alto! todo el sentimiento de la muerte está aquí, de una vez lo sé. era mucho amor en un aullido. Su razón yacía, echado con la boca abierta, nada se podía hacer. Yo telefoneé a todos a quienes me suplicó, a dios no lo encontré en ninguna nevera. Vino la sirena de la ambulancia, el tumulto de lo cotidiano, el ruido de otras voces. Voces planas y sin vida. Nada había en esas voces que pudiera salvarse. Antonino, es muy triste. Ella durmiendo a su lado toda la noche. sin enterarse de esa maldita visita. Antonino, ella no pudo atender la última réplica de su marido. Cuando pienso lo cerca que estuvo de su cuerpo. qué angustia. Me pregunto si se dieron un beso de amor esa noche, si se dijeron buenas noches, si lo miró con ternura. Me hago muchas preguntas sobre ese día, antonino. ya no oigo nada desde entonces, ella sigue en el silencio que mantuvo con su marido. y es terrible. ahora temo que pilar muera y ya ningún grito me avise. porque los presentadores no avisan. y los pianos jamás se han masturbado. 
-sé que ahora tendría que decir algo. Pero las flores, andreas, alguien debió de ponerlas ahí.

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