Hablo de las flores cuando te voy pasando las hojas del libreto. Me quedo pensando, tontamente, en gomas de borrar; en el espíritu que se pasea con el tedio. Al final se me cae el alma, siempre como un bajón de tensión: queda yaciendo en un velo de música del suelo de algún fondo. Y te quiero sin saber si te quiero realmente, algo difícil: el diablo acechando para retar mis creencias. Si al menos te encontrara en el desierto, no seguiría vagando con el deseo de morir de sed. Hablo de las flores cuando te digo que soy más sensible que los abuelitos bajo un golpe de sol.
Otras veces pienso que sería suficiente con pasar las páginas porque lo dice el jazz y los ojos de la gente cuando la pillas desprevenida. Ojala me cogieras así: desprevenido en palacios de cristal, tan trasparentes que no puedan existir. Y sería tuyo sin pensarlo.
No quiero ser una víctima más de las rompecorazones.
¿Alguna vez te hablé del amor de los animales invertebrados? Son como corrientes de agua mezclándose sin hueso. Amar sería tan sencillo arrojando un vaso de agua sobre la mesa. Algo que mis padres siempre vieron mal.
En la confusión de la ola los amantes invertebrados acaban comiéndose a sus parejas. Y a veces, cuando termina la obra y ya no queda más música, pienso en esto con mucho pesar: cómo podemos terminar algo así sin comernos la cabeza al final, confundidos, y morir castigados. Jugamos a sentir como dioses y sin embargo pretendemos vivir como hombres. Sentado junto a ti no veo la diferencia.
Me recuerda al amor que un hombre sentía por su boa, que compró de chiquitita y cada noche se subía a la cama y se estiraba a su lado. Hasta que el veterinario le explicó que aquello no era afecto invertebrado, que la boa le medía para ver si le cabía dentro.
ResponderSuprimirSaludos
Me encantó tu historia. Es preciosa.
ResponderSuprimirSon hechos reales :)
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