martes 24 de noviembre de 2009

Canto al mártir

«Las utopías aparecen como más realizables que lo que se creía en otro tiempo. Y nos encontramos actualmente frente a una cuestión muy angustiante de otra manera: ¿Cómo evitar su definitiva realización? Las utopías son realizables. La vida marcha hacia las utopías. Y quizá comienza un siglo nuevo; un siglo donde los intelectuales y la clase cultivada soñarán los medios de evitar las utopías y de retornar a una sociedad no utópica, menos "perfecta" y más libre»
Nicolas Berdiaeff.


Quiero un tirano cazador.
Una deidad que condene
hagase lo imposible o no.

Una silla de clavos en mi salón de pesadilla.

Un tirano que arda Roma.
Y sólo un arma entre mis manos,
de esperanza y su arco,
miles de flechas sobre miles de vástagos
sangre en llamas y ojos en blanco, ¡duela la libertad!

Dadme una tele que los ojos me queme.
Sapos, ranas y lagartos.
Más sapos y más lagartos
Más y más ranas
Más y más.


"[..] sólo podremos elegir entre dos alternativas: o cierto número de totalitarismos nacionales, militarizados, que tendrán sus raíces en el terror que suscita la bomba atomica, y, en consecuencia, la destruccion de la civilización; o bien un solo totalitarismo supranacional cuya existencia sería proovocada por el caos social que resultaría del rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en la benéfica tiranía de la Utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto."

Aldous Huxley, prólogo de Un mundo feliz.

domingo 22 de noviembre de 2009

Al final será la palabra

No encuentro la palabra adecuada para describir mi estado. El alcohol, ese purismo. Esa droga misteriosa, el ultimo amigo. La resaca me lleva hacia dentro como la marea se come a sí misma. ¡Detonar mi cuerpo y saldrá la revolución de mayo!

Dios, a ti te nombro, héroe de mis angustias, labrador de mi sal sin sal que en la garganta me has pasado de rastrillo y la guadaña me has oxidado. Maldita sea tu muerte en el reino de los cielos. Que el ángel que vela por mi en la carretera te asesine en tu despacho de luz prosaica.

Ha habido un crimen en el cielo, han robado las barbas de Dios. ¡Qué atrevido! Pero que me saquen las entrañas y me las vuelvan a colocar, que yo sentir ya no puedo salvo el vacío exacto. La gravedad de los litros, esa levedad pesada de la falsa ilusión de terminar con todo, hasta con el principio hemos topado. ¡Dios, que mi ángel juguetón te seccione la yugular por esto que siento en mis tripas!

Te regalo mis adentros. Déjame que te envuelva el bazo en papel maché, te entrego mi páncreas contraído. Hagamos naipes con la carne sobrante. Y mi corazón a la primera chica funeraria. Amor ya no siento, jamás volveré a aprender esa lección. Que el alcohol chupe por mí aquella ingravidez de flotar entre pensamientos desnudos y se queden con las cenas para dos, comparsas para dos y repartos de dos a dos, que yo ya tengo bastante con el diablo que me crece entre los ojos y los pelos, ¡ay! Que hago con mis pelos...

Si tu fueras chica funeraria y yo muerto de empalme matinal, ¡qué día difundo, qué día extinto más tiranosaurico! Que bien está dejar los órganos a un lado y la perversión a otro. Las cosas malas en el camino recto, Dios está hablando por teléfono y no mira. Hoy toca matarlo de forma graciosa. Pá ti todos mis adentros, adiós cuerpo. Vamos Nietzsche, que hoy mojamos la verbena.

No, no encuentro la palabra. Está resaca y en el diccionario no lo encuentro.

viernes 20 de noviembre de 2009

poco tiempo

Lo hizo el amor, todo fue obra del amor. Y si alguien pregunta qué es justo en esta vida, que nadie tenga el infortunio de soltar: ¡el amor, el amor es justo!
Si lo hizo la justicia del amor, que a nadie juzguen en consecuencia.

Todo lo hizo el amor, todo el caldo de vísceras en la escena del crimen... ¡Vaya si me juzgan por ello! Amor, y poco más que alegar.


poco tiempo tengo para escribir, pero sale de mi un ansia que me obliga a publicar cualquier mierda. Estado: jodido. De tocarme los huevos a en fin, no saber de donde sacar el tiempo... pero resistiré. Igual que Mandela en su prisión. igual que el conde de montecristo, igual que Baudelaire en su tedio, igual que la pistola estoica de José de Larra. ¡Resistiré!

domingo 15 de noviembre de 2009

Vanagloria

Bueno chicos que me lean de vez en cuando y casuales varios:

Algo quiero anunciar que atañe nada mas que a vanagloriarme ante vosotros, sutiles mortales.
Cierto es y no me da vergüenza admitirlo que he trabajado alguna vez en mierdas supinas cuyo espacio de tiempo no abarcaba más de lo que lo hacen mis fugaces coitos. Mierdas tales que el vulgo de palabras soeces es sobradamente necesario. Pero ahora, ya no más.

Así quiero anunciaros que a partir de mañana, ya no será así. Me ha tocado el gordo de los necios, el premio de los que se conforman con poco, pero al menos el premio. A partir de mañana, señores y señoras de la fatalidad, seré librero. Es decir, trabajaré en una librería. Una importante (de hecho la única) que hay mi gran y apestosa ciudad.

Así pues podéis llorar de envidia y tal, no os remilguéis. En fin, eso era todo. Tampoco me quiero sobrepasar demasiado por si me echan al tercer día.

Buenas y tediosas noches.

jueves 12 de noviembre de 2009

Vienen los vientos de la sanguinaria Siberia

En según que épocas de la historia de la creación, los arcángeles, como cualquier otro mamífero que deguste el placer de comer, echaban sus ventosidades a la tierra mientras diseñaban los principios básicos para la vida. Que son, a saber, el vino y las putas.
Sin ellos pretenderlo crearon una atracción de feria para las almas tristes y en fin, lo que ellos planearon como un paraíso termino masificándose y al igual que las buenas obras de arte, vinieron los frikis a quitarnos lo selecto y a darle mil vueltas en merchandising (o micromercadotecnia si lo prefieres en español). Efectivamente, crearon el viento. Una de las cualidades del viento es que actúa como la marea, y lleva cosas más allá de los limites del árbol del bien y del mal. Digamos: semillas, bichos pequeños y otras obras esenciales de Dios. Esto no hubiera sido un problema para nadie si los arcángeles y sus ventosidades accidentales hubieran calculado el poder de un alma. Y es que aunque el objetivo claro de toda criatura coherente sea la estabilidad y la felicidad perpetua, no así para un hombre, que inventó la tristeza. Y algo inteligente ha de ser esto, ya que no hay otra criatura que la tenga.
El hombre triste también se dejó llevar por el viento, aunque éste ni lo arrastraba ni lo obligaba. Pero su alma podrida quiso irse del edén y seguir al incoherente viento, buscando no sé que negrura en él, o qué hazaña acrobática de circo infame.
Miles de años más tarde, una minoría llamada Cristiventolera se negó a seguir al viento porque negaban la tristeza de sus almas y deseaban el camino recto a la pureza y la pijotesca. Hubo guerra, duró mil años y al final se desterró al viento a un terreno lo suficientemente grande para él y lo suficientemente adecuado para mantenerlo a raya, a ese lugar se lo llamó Siberia. Todos firmaron el pacto de Kamchatka. Todos... menos unos cuantos. Irremediables, invictos, condenados, la sangre pura de la descendencia directa de aquel primer hombre que se marchó del edén. Se negaron a firmar y huyeron a las montañas.

Muchos miles de miles de años más tarde los descendientes de la Cristiventolera son ahora la mayoría absoluta. Aunque de esta historia ellos no saben nada ni les han llegado documento alguno. Sólo yo poseo una prueba escrita del pacto de Kamchatka, y es cuestión de fe que ustedes me crean o no. Mi bisabuelo, que aguantó ciento treinta años en pie, era un gran aventurero y en una de sus expediciones al norte de la India encontró una piedra grabada con extraños símbolos, y justo al lado de cada símbolo, algo en sánscrito que mi bisabuelo dominaba. Los lugareños adoraban a una extraña deidad que sólo constaba de dos ojos negros y una lengua igual de oscura en medio de un espeso bosque. La llamaban Sibenius. Gracias al don de gentes que siempre mostró mi bisabuelo, los habitantes de aquel remoto pueblo montañoso decidieron enseñarle el documento. Documento que traspasó a su cuaderno y se llevó consigo, noventa años más tarde me lo dio a mi, y me contó esta, la historia de los Cristiventoleros y las ventosidades de los arcángeles. Que como digo, es cuestión de fe que queráis creerme o no.

En el pacto de Kamchatka mucho se hablaba de este viento y de lo maldito de sus intenciones. Los Cristiventoleros negaban seguirle nunca más, pues deseaban formar familias y tener más paz en sus almas. Aún así no deseaban destruirlo, pues después de todo sentían cariño por él. Hay un apéndice muy curioso justo al final, como si se hubiera escrito mucho después en una letra más pequeña y de estilo diferente (según anotaciones de mi bisabuelo) que dice así:

Hicimos mal en no destruirlo cuando aún podíamos. Siberia, aquel lugar donde confinamos sus efluvios celestiales, es ahora su morada y reinado. La prisión ya no es tal. Ya es imposible hacer nada. Muchos de los desterrados han huido para allá, quién sabe que tramarán, ya no sé puede hacer nada. Para las futuras generaciones, un aviso. Antes los Cristiventoleros gozábamos de una grata meteorología, hacia frío en invierno y calor en verano, pero jamás hacía viento. Ahora cada cierto tiempo, y sobretodo en invierno, llega el viento de la sanguinaria Siberia y arrastra con él a miles de personas débiles que en su mayoría mueren por el camino hacía Siberia. Quizá a nosotros ya no nos quede mucho, pero si alguna vez alguien lee esto, que sepa que si lloran sus venas, si en su interior crece la bilis negra, si su corazón ya no palpita por nada, ¡qué se abstenga de abrir ventanas!

El otro día recordé estas palabras de advertencia, después de dieciocho años de ausencia, y tengo miedo. Tengo miedo porque la tentación palpita como perro sediento, y si vienen otra vez los vientos del este, sé que les abriré, aquella ventana con la que hace años tuve que desaparecer.

sábado 7 de noviembre de 2009

La muerte en punto

Qué puedo decir, quedó colgada desde aquel reloj. Y a las seis y media murió.
Alguien se acercó a la sangre púrpura y emitió una oración, su sombrero había volado por el viento feroz. Los demás se quitaron el sombrero y las damas se pusieron el velo. Hubo una misa improvisada en el pie de la torre del reloj. Llevaba un vestido precioso que ahora se teñía de rojo, las volandas yacían pegadas en el suelo, el sombrero de la señorita quedaba parcialmente aplastado por trozos de carne envuelta en una espesa manta de sangre que a todas luces debió de ser la cabeza, hace tan sólo unos minutos, de una preciosa y estilizada joven enamorada. Ahora muerta, muerta sin duda alguna.
Estoicamente, un paraguas se elevaba sobre el vestido teñido y cual Excalibur había atravesado a la joven incrustándose en la tierra. Era una muerte horrible, la muerte verdadera. La muerte que produce arcadas. Nadie tenía valor de moverla.
-¿Por qué lo habrá hecho?
-Lo ha hecho por amor.
-Quién quiera que sea el desgraciado, merece el mismo castigo.
-¡Mirad, hay una nota en su puño cerrado!
Después de diez minutos intentando abrir la mano, partieron sus delicados dedos ocultos en el abrigo de unos guantes. Abrieron la nota y sonó el tren de las menos cuarto, que partía ya. Algunos tuvieron que marcharse con prisa, con las ganas de escuchar rotas. Otros prefirieron perder el tren, aún atónitos de la muerte caída del cielo.
-¡Léanosla, señor párroco!

Nota de la joven enamorada.
¡Soy tuya para siempre, mi bello, recio, tumba de mis días!
Qué alto, qué grande, qué blanca tu piel. Tus lunares señalan la marcha de los trenes. ¿Qué misterio tan alto retumba dentro de ti, con tu corazón imparable que palpita en tic-tac, tan ajeno a mi ordinario pulso humano? Eres perfecto para mi. Lléname de tus ruedecillas, hazme contigo el paso del tiempo, presente perpetuo. Háblame de las nueve menos cuarto, invítame a cenar a tu techo. Qué hermoso estás en lo alto de la estación, por encima de todos, cuanto sabes, cuanto callas, cuanto aguantas. Hazme tuya entre segundos, llévame a lo alto de tu campanario. Quiero ser el tic-tac-tic de tu solsticio de verano. Llévame al otro lado del tiempo, blanca piel, lunares del tiempo, bigotes de hélice. Quiero ser el tic-tac-tac-tic contigo en lo alto.

Dieron las siete en punto y todos miraron a lo alto de la torre. Todos oyeron sus campanas, todos escucharon esa comparsa arrítmica, tic-tac-tac, silencio, tic-tac-tac, silencio, tic-tac-tac tacaratán.

viernes 6 de noviembre de 2009

Tentativa de relato.

"El mundo es una espiral, y usted, señor Alfredo, una linea recta. ¿Me comprende usted?"

El caballero Alfredo comprendió momentos antes de reventarse el corazón de un soberbio pistoletazo.*



Moraleja: Ten cuidado de las lineas rectas que apuntan recto.


*la cursiva no es palabra mia.